Lunes 24 Julio, 2017

El arma invisible de los cerveceros

Por Manuel Araníbar Luna

Hablando en oro,  la campaña de este equipo campeón no tuvo el equilibrio del 2002 ni la solidez del  2005; mucho menos la brillantez y capacidad goleadora del 2012 ni la sorpresa del 2014, y esto sin mencionar la gloriosa campaña de los noventas. La defensa no ofrecía seguridad, y es que nunca jugaban los mismos. La línea de armado tenía unas de rock y otras de salsa, y la delantera hinchaba las mallas a la muerte de un congresista.

Sastres y no desastres…

¿Entonces el equipo de Mariano era un desastre? No, no era un desastre, Soso más que todo era un sastre que se la pasaba midiendo, remendando, parchando y planchando, porque este equipo se desbarataba un día y había que rearmarlo al otro. ¿Qué era entonces  lo que salvaba a este once de la debacle? Una línea que, aunque silenciosa y casi invisible, es siempre gravitante: la contención con  los volantes mixtos.

Un  eje transversal: Aquino – Ballón – Calca fue el sacrificado, el que hizo los trabajo sucios (en el buen sentido de la palabra). Si en la delantera había un tridente, al medio se luchaba con un rastrillo. Apoyaban a una defensa donde nunca jugaban los mismos, metiéndose a veces en forma desordenada pero con una consigna: estorbar a los cabeceadores, pelear los saltos, cuidar las escapadas por las puntas, ganar rebotes, crear contragolpes, y, por supuesto,  evitar el gol. Si el adversario atacaba por las bandas, ahí corría Pedrito Aquino para tapar zona. Si lo hacía por el otro lado, Ballón ponía el parche. Si los rivales tenían un buen armado, entre los tres ponían el pecho y desarmaban a los contrarios.

Llanta de repuesto y palanca de cambios…

Ballón jugó al estilo Piki-2012 pero con más velocidad, comiéndose la cancha hasta el punto de gastar el  pasto y pisando ambas áreas. Josepmir fue la llanta de repuesto para solucionar las jaquecas de Marianito. ¿Expulsaban a un jugador? Barbas cubría; ¿se lesionaba alguien? Ahí estaba el Barbas.

Pedrito Aquino, otro al que no se le agotaba la batería. Un peoncito que hacía recorridos diagonales, frontales y transversales hasta chocar  con una pelota o con un jugador con camiseta diferente. Una vez con ella la soltaba con palanca  de cambios en tercera y el pie en el acelerador para apoyar la salida rápida.

La batuta y el serenazgo…

Un poco más adelante, Calca tapaba, quitaba y armaba el nacimiento (de ataques, se entiende). Ya miraba el panorama con ojos de planificador urbano, como un subgerente del área creativa cervecera. Toda vez que los rivales se le pegaban como chicle a Loba, Calca agarraba la batuta, dirigía la orquesta y, de pasadita, al tránsito hacia el área contraria.

A estos tres se les unía otro barbudo, el Piki, un jugador que para todo el mundo -menos para Marianito- era un error ubicarlo de cuevero. Pero Piki sufre de claustrofobia, no es un jugador casero, es imposible dejarlo encadenado como pitbull con bozal, él es un mil oficios tiene que salir a regar el jardín, arreglar la vereda, comprar el periódico, cuidar el parque y hacer el serenazgo acompañando a sus compañeros hacia el área enemiga.

Trueque de mosqueteros…

Esos cuatro mosqueteros cambiaban posiciones en el trascurso del partido. Veías a uno atacando por la banda izquierda, mientras el otro lo hacía por derecha, el tercero era el francotirador que esperaba los rebotes y el cuarto era el dóberman que los cuidaba de los contragolpes. Dos minutos después trocaban posiciones. Es del caso recalcar que para jugar de 5 y de 6 hay que tener  tanque doble de gasolina para poder cambiar el trote por la aceleración, la posición zonal por el marcaje de hombre a hombre, la espera por la anticipación. Eso desgasta a cualquiera. Pero a esos cuatro no. Porque tienen combustible para rato.

elportalceleste.pe

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